31 enero 2009

Diego

Tu padre era mi amigo. No, era mi AMIGO. Una de esas personas que se hace imprescindible en tu vida, a quien llamas cuando tienes una noticia (buena o mala), que te sabe escuchar, y te cuenta. Que no se sabe muy bien cómo ni cuándo entró a formar parte de tu cotidianeidad, pero al que se echa mucho de menos.
No seré yo quien te descubra sus cualidades ni sus defectos, no lo pretendo, y los años que compartiste con él te dan a ti mayor conocimiento. Si me gustaría trasmitirte la tranquilidad que emanaba, cuando algo me preocupaba el estaba ahí, con la palabra justa, con el chascarrillo apropiado, con el café dispuesto para conversar. La fortaleza de sus brazos sólo era comparable con la grandeza de su corazón, y sus hombros anchos por el trabajo duro eran confortables y reconfortantes.
Me recuerdas mucho a él, y no es sólo por eso por lo que te quiero (¿como un hijo?, mejor como un sobrino que me hace sentir menos vieja ;-)) Me gusta tu fuerza, tu coraje para enfrentarte a las cosas, tu alegría en los momentos tristes. Y me gustaría que no los pierdas.
Sé que te esperan tragos amargos que pasar, pero también sé que eres un hombre valiente, que te ha tocado crecer muy rápido y aprender más de lo que querrías. Sé que estás arropado por la familia, que no te van a faltar manos, pero quiero que sepas que aquí tienes otras para lo que necesites, que en mi despacho siempre está la puerta abierta, en mi casa siempre está la cafetera lista y en mi corazón siempre hay un lugar para ti.

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